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viernes, 14 de octubre de 2011

Podría empezar diciendo lo difícil que se me hace todo algunas mañanas, pero lo fácil que se vuelve cuando me miras. Las sonrisas que me salen a borbotones cada vez que intentas acercarte un poco más. La magia de sabernos invencibles, de esas noches de verano interminables, de esas ganas recorriéndome de punta a punta, del refugio de tus brazos antes de salir corriendo. Desde aquel verano las noches de estrellas fugaces siempre serán nuestras, y escribiré sobre tu cama todas nuestras aventuras, para que nunca se te olviden. Recorreremos el mundo en tu coche, no nos hace falta más que una bolsa de patatitas y una banda sonora que nos vaya meciendo. Iremos a parar a pueblitos pequeños, tú me harás las tostadas en su punto, con mucha mermelada y mantequilla, y el café muy calentito. Comeremos en un jardín lleno de flores y pájaros que se esconden del sol. Nos llenaremos de mar y de arena, yo pararé de leer en mi toalla sólo para ver cómo te duermes y como se va apagando el sol en tu espalda. . Tú me obligarás a nadar en el mar y yo saldré muerta de frío, luego nos reiremos sin parar. Veremos fuegos artificiales cogidos de la mano sobre un puente, como si el tiempo se detuviese justo en el instante en el que más brilla el cielo. Iremos a por helado para curar los días grises. Me comprarás vino para luego acabar en el pasillo, dejando los restos de ropa tirados en el suelo hasta la habitación. . no importa que se queme la cena. Repetiríamos millones de veces, construyendo una ilusión cada vez que todo parezca derrumbarse, esperando la siguiente vez. . Y perdernos como si nunca antes lo hubiésemos hecho. Como si te conociera desde siempre. Como si fueses mi extraño particular. Dos extraños que se conocen muy bien.
 

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